-->

19/3/17

La delgada línea roja...

¿En qué momento se convierte el suave vaivén de unas caderas en danza frenética de salvaje instinto animal?
¿En qué momento se convierten unos labios en dientes... y sus besos en dentelladas de placer?
¿En qué momento se transforman unas caricias en pellizcos de dolor amortiguado por la anestesia de la entrega?
¿En qué momento se sublima el leve trazo de un dedo en enrojecida marca de fuego sobre el lienzo de una piel?
¿En qué momento se profana la delicada humedad de la intimidad para ahogar a una sedienta lengua ardiente?
¿En qué momento ya no importa que el desbocado cincel del sexo horade las piedras prohibidas?
¿En qué momento se desborda el deseo en un húmedo orgasmo de fuego y lluvia?
¿En qué momento crece el murmullo de tus suspiros a gemido... el gemido a grito... y el grito a aullido de placer?
¿En qué momento comulgan dos almas en un orgasmo certero de placer compartido y dolor sin sometimiento, en el que se vive y se muere?
¿En qué momento...? ¿En qué momento...?



Justo en el preciso momento en el que descubrí que al otro lado de la delgada línea roja se escondían mis sentimientos... hacia ti...

11/2/17

Verga irreverente...

Sin dejarle tiempo para pensar,
conspiraron sus manos
en un audaz movimiento:
la diestra maniobró
desabrochando su bragueta,
para, a continuación,
aprisionar con su izquierda
el trofeo que, insolente,
palpitaba bajo su pantalón.

 En un lascivo bucle sin fin,
agitó el codiciado botín.
 Con guante de seda
y mano de hierro,
templaba el acero
alternando caricias,
y obscenos meneos.

Y cuando más inflamado
de gozo estaba,
la mano cesó en su empeño
y liberó a su prisionero
de aquel dulce tormento.

Apenas pudo sentir la libertad,
el convulso miembro,
pretendió posarse
en el humedal
de sus rojos labios,
ebrio de deseo.

Ante tal impertinencia, 
y sin mediar advertencia,
propinó un azote imponente
a aquella polla irreverente.

Pero no hay dolor sin placer…

Y el martirio mutó en delirio
cuando acercó su boca
a aquel desafiante sexo
para someterlo, en cruel tortura,
con sus labios y su lengua...

3/11/16

Bi-curious...

La curiosidad mató al gato...
... y a la gata. 
(Viene de aquí)

Siguiendo las instrucciones de Laura, el DJ comenzó a bajar el volumen de la música y a atenuar las luces. Todo quedó a oscuras y en un silencio que presagiaba una inminente sorpresa...

De pronto, comenzaron a escucharse los armoniosos arreglos de cuerda de Can't Take My Eyes Off You, de Gloria Gaynor. Todos los allí presentes prorrumpieron en un "ohhh" que fue desvaneciéndose para dar paso a una sentida ovación cuando la luz de un foco iluminó a los anfitriones. Sabían que era la canción favorita de Maca y Jacobo, y el "guión de la celebración" indicaba que ambos debían bailar juntos para felicidad y regocijo de los invitados. Pero para desconcierto de todos ellos,  Maca empujó a Silvia hacia los brazos de Jacobo. Este, extrañado, miró a Maca arqueando las cejas y separando las manos, intentando buscar una aclaración ante esa insólita acción. Maca, perfectamente consciente de lo que hacía, manifestó su conformidad asintiendo con la cabeza, por lo que Jacobo rodeó con su brazo la cadera de Silvia y ambos comenzaron a bailar.

Sin ser unos maestros en bailes de salón, Silvia y Jacobo comenzaron a encadenar balanceos y vaivenes... enlazados con sueltas de manos que, tras un acompasado giro, volvían a unirse con gran precisión. Maca observaba a la pareja con una mezcla de maldad y celos... Le ponía muy cachonda ver el cuerpo de su amiga restregándose al de su marido... de forma parecida a como lo había restregado al de ella, muchos años antes, en Ibiza.

Verano del 1995, sábado noche en Ibiza... En todas las discotecas sonaba, obviamente, el Saturday Night, de Whigfield. Y al igual que en el video del bombazo veraniego, Silvia y Maca estaban en su apartamento preparándose para salir. Tras un día de cala, bronceado, chapuzones, mojitos y cita con unos chicos muy majos de Barcelona, ambas procedieron al obligado paso por la ducha para eliminar el salitre de sus cuerpos. Aunque no había un expreso acuerdo previo, la muy resuelta Maca siempre se duchaba primero, para dar paso, después a la más pasiva y obediente Silvia.

Maca salió de la ducha y se sentó en la cama para peinarse. Era el turno de Silvia... Apenas sí habían pasado unos segundos, cuando Silvia salió del baño, desnuda y totalmente empapada, para buscar su toalla que, por descuido, había dejado sobre la cama. Al pasar al lado de Maca, ésta, al verla así, le propinó un inocente azote que provocó un leve temblor y enrojecimiento en una de sus nalgas. Silvia se volvió hacia ella con la intención de recriminarla. Pero su gesto, en lugar de conseguir la pretendida reprimenda, lo que provocó es que sus exuberantes y humedecidos pechos quedasen demasiado cerca de los ojos, manos y labios de Maca. Ésta, que nunca había tenido ningún interés o experiencia sexual con otra mujer, al ver tan cercar esos golosos reclamos, estiró una de sus manos con la intención de aprisionar, entre su pulgar e índice, uno de sus rosados pezones. Silvia permanecía extrañamente inmóvil... como tratando de mantener la compostura... aunque era muy evidente cómo su pulso y respiración se aceleraban cada vez que Maca oprimía su endurecido pezón...  Al no observar ninguna reacción negativa o de desagrado en Silvia, Maca estiró su otra mano para repetir sus suaves caricias en su otro pezón.... Finalmente, Silvia claudicó: cerró los ojos, entreabrió sus labios y echó su cabeza hacia atrás...

La actitud de entrega y, en cierta forma, de sumisión de Silvia provocó mayor excitamiento y osadía en Maca. Ésta dejó caer una de sus manos por el vientre de Silvia hasta llegar a su pubis, que en aquellos locos años 90 estaba aún cubierto por un muy poblado vello. Ahuecó la palma de la mano para adaptarla a la delicada y labiada anatomía femenina de Silvia. Sus caricias comenzaron a aumentar en intensidad y frecuencia, a la vez que el dedo índice comenzaba a hundirse entre los pliegues, cada vez más húmedos, del sexo de su amiga. Maca, que nunca había tocado un coño que fuese el suyo, sentía cierta familiaridad en la exploración del deseo de su amiga. Y es que la morfología de su sexo era muy parecida a la del suyo... la textura y el tacto, similares... y hasta la humedad que destilaba al ser acariciado, comparable. De no ser porque la vulva de Maca estaba casi totalmente rasurada, uno podría decir que ambos coños eran iguales. Por ello, tras un breve y somero razonamiento, llegó a la inapelable conclusión de que aquello que a ella le pudiese encender y excitar, también debería provocar idéntica reacción en su amiga. Así que procedió a hundir el dedo corazón en las profundidades de la vagina de Silvia... buscando la superficie granulada de su punto G... La combinación de caricias en tan erógena zona y la presión que con la palma de la mano ejercía sobre su enhiesto clítoris, provocó un torrente de orgasmos que no parecía tener fin. Maca, complacida al comprobar sus habilidades a la hora de proporcionar placer, sin mediar palabra alguna, tiró de Silvia, empujándola hacia ella, con la pericia adecuada para que ésta cayese de espaldas sobre la cama.

Maca se arrodilló en el suelo y avanzó gateando hacia el borde de la cama, del que colgaban las bronceadas piernas de su amiga. Las separó y aproximó su boca hasta las inmediaciones, pálidas por la marca del bikini, del coño de Silvia. Sin dejar de mirarla, alargó su lengua hasta rozar su endurecido y enhiesto clítoris, lo cuál provocó que Silvia, que, quizás por timidez o vergüenza, mantenía sus ojos cerrados, tensase su cuerpo y que golpease con ambos puños el colchón, mientras emitía un interminable "mmmmm" seguido de un muy sinuoso "ssssííí"

Sí... todo encajaba. Cada perversa acción de Maca tenía como contrapartida una respuesta generosa de abundante placer en Silvia. Con precisión milimétrica, comenzó a lamer el clítoris... presionándolo... meciéndolo de un lado a otro. Mmm... le encantaba notar en su lengua la dureza de aquella delicada perla. Tras las caricias linguales... procedió a chuparlo succionándolo con los labios... mientras introducía sus dedos por su propia vagina, para masturbarse, y apretaba, con su otra mano, los erizados pezones de Silvia. Maca subió la intensidad de sus acciones. Ahora ya no acariciaba ni lamía, sino que mordisqueaba aquel excitadísimo clítoris... Silvia, ebria de placer, se sumió en un interminable orgasmo que concluyó en un repentino y desbordante humedecimiento que llegó a alcanzar el mismísimo, y lascivo, rostro de Maca.

Pero justo en ese húmedo momento, sonó el teléfono... Eran los chicos de Barcelona... que, sin haberlo pretendido, estaban poniendo un impertinente final a la prohibida pasión de Silvia y Maca.

Tras el lésbico episodio Ibicenco, ambas llevaron sus vidas por los clásicos derroteros que imponían su edad y condición social, sin que hubiese mención o sugerencia algunos para repetir tales lúbricos y excitantes juegos. A pesar de ello, Maca, siempre curiosa y audaz, no dejó de albergar la esperanza de que llegase el día en el que pudiese avanzar en la exploración del placer, tomando a su amiga como conejillo de indias...

Y ese día llegó, muchos años después...

La simultánea coincidencia de la matritense festividad de la Almudena, unida a que los colegios de sus respectivos vástagos estaban situados en selectas urbanizaciones de la periferia, y la ausencia de Jacobo y Víctor por sendos viajes de trabajo, permitió que Maca y Silvia disfrutasen de "libertad" durante, casi, un día completo...

A primera hora de la mañana, quedaron en la urbanización de Maca para enfrentarse a dos amigas en un partido de paddle. La pasividad de Silvia en ciertos juegos sexuales contrastaba con su habilidad y agresividad en el pádel. Por ello, sin mucho esfuerzo, lograron doblegar a sus rivales por un cómodo 6-3, 6-2 y 6-1... Finalizado el partido, se dirigieron al chalet de Maca para cambiarse... y, como era previsible, al llegar a las inmediaciones de la ducha se refrescaron sus recuerdos y se incendiaron sus deseos.

Pero esta vez Maca estaba mejor preparada... Así, con el paso del tiempo pudo hacerse con todo un arsenal de juguetes y accesorios sexuales que, muy esporádicamente, ponía en acción junto a Jacobo... o sin él. Vibradores, plugs anales, pinzas para pezones, anillos masajeadores... y su objeto más preciado: un corsé con un arnés al que podía acoplar dildos de silicona de variados tamaños y colores.

Maca se acercó a Silvia... subió su minúscula faldita, bajó sus bragas y la empujó para tumbarla sobre la cama... boca abajo. Se acercó al armario y abrió un cajón del que extrajo varios de sus juguetes para depositarlos, ordenados, sobre el colchón... Se desnudó, se enfundó el corsé, se ajustó el arnés, y le acopló el dildo más grande de su colección... Tiró de las caderas de Silvia hacia arriba y separó sus rodillas para dejar bien expuesto y accesible su sexo que, siguiendo la absurda tendencia del porno más cutre, estaba totalmente rasurado. Aplicó lubricante al enorme dildo y, dirigiéndolo con su mano derecha, lo introdujo suavemente en el muy húmedo coño de Silvia. Por fin Maca podía dar rienda suelta a una de sus fantasías... ser ella la que la que penetrase...  la que follase... la que dominase.... la que tuviese el control...

Con cada embestida, Silvia emitía un gemido... Los primeros eran apenas audibles... pero cada vez que Maca empujaba su cuerpo hacia ella, penetrando sus carnes, los gemidos mudaban en sonoros gritos, que, de no ser porque la mano de Maca tapó su boca, a buen seguro hubieran alertado a los vecinos.

Maca disfrutaba extasiada con el excitante espectáculo de las nalgas de Silvia separándose y temblando con cada una de sus violentas acometidas... Su mutuo y armonioso placer no tenía fin: Maca dándolo.. y Silvia recibiéndolo... Pero Maca quería más... mucho más...

Y así, como quién no quiere la cosa, sus dedos comenzaron a jugar con en el fino relieve anal de Silvia. Con cada embestida, como si de la boca de un pez que quisiera respirar se tratase, el ano de Silvia se abría y cerraba. Ante tal provocación, Maca dejó caer sobre él un chorro de lubricante... e introdujo uno de sus dedos... primero el índice... y después el corazón... lo cuál provocó un súbito y húmedo orgasmo en Silvia, que dejó empapado el edredón de la cama... Los dos dedos se duplicaron dentro del dilatadísimo ano de Silvia, que continuaba sumida en una exitación sin fin... Maca también se excitó al sentir, a través de la fina capa de piel que separa el estrecho sendero de Sodoma de la vagina, la rugosa superficie del dildo con sus dedos... Poco después, y con sumo cuidado, retiró la mano para introducir el dildo... lo cuál provocó que Silvia emitiese un gutural alarido que derivó en una retahila de soeces obscenidades cuando Maca comenzó a percutir violentamente contra su cuerpo, penetrándola sin compasión...  Finalmente, Silvia, exhausta, dejó caer su cuerpo sobre la cam y giró su cabeza hacia su amiga para implorarle que pusiese fin a tan salvaje y vicioso juego.
Y ahora, en la fiesta, Silvia volvía a mirar a Maca... implorándole que volviese a poner las cosas en su sitio poniendo fin a ese ahora incómodo baile en el que ella tenía que ser la pareja.

Maca percatándose de la inconveniencia de prolongar aquella situación, avanzó hacia ellos. Silvia se apartó aliviada y Maca y Jacobo comenzaron a bailar, abrazándose y besándose...  Y entre abrazo y abrazo, y beso y beso, Maca pensó que había llegado el momento de poner fin a la fiesta para llevar a su huerto a Jacobo y así recuperar esa llamita de la pasión que la rutina y la monotonía apaga con tanta facilidad. Y nada mejor para encender esa llama que el juego...  y la provocación. Y como el recuerdo de los lascivos encuentros con Silvia estaba aún fresco, Maca pensó en que aquella noche le brindaba una buena oportunidad para recuperar los olvidados artilugios sexuales... Y pensando, pensando, pensó que el arnés podía ser la guinda perfecta para un lujuroso pastel, que tanto podían saborear ella... como él.

8/9/16

No fue precisamente una caricia....

(viene de aquí)
Anabel se dejó caer hacia atrás sobre el borde de la mesa del fondo, apoyando las manos para sostenerse. Sedienta e impaciente, giró la cabeza tratando de averiguar si Cosme había conseguido ya su Cosmopolitan. Pero, desafortunadamente, entre el calor de aquella noche de septiembre y la exasperante lentitud del bartender a la hora de satisfacer las demandas de los sedientos invitados, su encargo seguía en "cola de espera"...  Cuando volvió su cabeza, se encontró, casi de bruces, con el rostro angulado, y la mirada libidinosa de Javier.

A Anabel no le apetecía nada de nada conversar con Javier... sobre todo estando tan cerca Cosme. Y es que de todos era bien conocido lo pesado, bocazas y gilipollas que era, y es, especialmente tras haber ingerido alcohol y otras sustancias prohibidas. Pero para infortunio de Anabel, y a pesar del claro gesto de desaprobación con el que lo recibió, Javier comenzó a charlar con ella.

Javier no era un dechado de virtudes en cuanto a la oratoria o las artes de seducción se refiere. Comenzó su babosa perorata alabando el buen aspecto de Anabel, y lo guapa que estaba, y la sonrisa de sus "labios de fresa", y "ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca", y "no sé qué tienen tus ojitos que me vuelven loco", todo esto sin dejar de perder detalle de las rebosantes redondeces que asomaban sobre su generoso escote. Tras agotar su escaso y poco original repertorio de requiebros y piropos, condujo a conversación hacia tiempos pasados, y al igual que el Cifu en "20 de abril", quiso que Anabel recordase "las risas que nos hacíamos antes todos juntos", concretando ese "antes" en el ya antes mencionado verano escurialense del 92.

Anabel se estremeció al recordar aquel olímpico verano, mientras, casualmente, el DJ provocaba el batir de palmas de los invitados al pinchar el Amics per Sempre de Los Manolos. Un par de desengaños consecutivos, el final de ciclo que suponía llegar a la treintena, y una desaforada pulsión sexual la llevaron a querer experimentar y disfrutar de todos los placeres carnales, fraternales incluidos. Y así, tras la morbosa experiencia con su propio hermano, puso a prueba las habilidades sexuales de los hermanos Javier y Juan, tanto por separado... como juntos... y revueltos.

Pero lo que en el pasado fueron divertidas y morbosas experiencias, ahora resultaban muy incómodos recuerdos y realidades. Así, por ejemplo, tras el desliz con Jacobo, Anabel empezó a sentir celos de las parejas de su hermano, celos que alcanzaron la máxima cota con la que hoy era su cuñada, Maca. En cuanto a Javier, de éste sólo recordaba su insulso y vacío penecentrismo y su peligrosa querencia por el sadismo, la dominación y el sexo violento, no siempre consentidos. 

Visto el percal, Anabel decidió parar los pies al lanzado Javier. Sin embargo, éste no estaba dispuesto a aceptar un no de alguien que, en cierta forma, y dentro de su estúpida lógica javierana, había sido "suya"...
 
El pesado de Javier subió un grado el nivel de su insistente acoso y derribo; y ahora ya no con aduladores requiebros o lisonjeros piropos, sino con proposiciones deshonestas tan directas y explícitas como el desagrado que producía en Anabel el escucharlas. Una de ellas fue proponerle que buscase una excusa para acompañarle esa noche a su casa, donde podría administrarle una (según él) "merecida" lección de disciplina y sumisión en una muy equipada mazmorra que tenía en su sótano. 

Anabel, visiblemente contrariada, le dijo que no siguiese molestándola... y que buscase entre las invitadas a una "perra" que quisiera ser adiestrada, mientras maliciosamente dirigía con su mirada la de Javier hacia Macarena, la cual, como se comentó anteriormente, cotorreaba alegremente con Silvia.

Pero Javier, que ya estaba muy, muy verraco, no atendió a la maliciosa sugerencia de Anabel; ni a las indicaciones de Laura al DJ para que éste detuviese la música para dar paso a una sorpresa para Jacobo y Maca; ni tampoco advirtió la proximidad de Cosme, que ya había regresado de la mesa del bartender portando el ansiado Cosmopolitan en una de sus manos. Y así, haciendo merecido honor a su título de bocazas mayor del reino, Javier quemó toda sus naves con un perfectamente audible:

- Anabel, esta noche, tarde o temprano, te voy a follar...

Y mientras se desvanecían en el repentinamente silencioso salón los ecos de su "... te voy a follar", "... voy a follar", "... a follar", Javier sintió un repentino e intensísimo dolor testicular.
Miró hacia su dolorida entrepierna y comprobó como sus huevos eran estrujados sin piedad por una mano tosca y peluda, unida a un antebrazo aún más tosco y peludo, tatuado con una pica, un arcabuz y una alabarda sobre las que había una calavera, siniestramente sonriente, cubierta con un chapiri. Ese antebrazo pertenecía a Cosme... a Cosme Nabazo, antiguo sargento caballero legionario del Tercio "Gran Capitán", y veterano en la infame guerra de Bosnia.

Sin apenas inmutarse, Cosme extendió la mano en la que portaba el Cosmopolitan con el fin de entregarlo a Anabel, y, sin dejar de mirar el rostro desencajado de Javier, que se retorcía de dolor cada vez que el sargento legionario aumentaba la presión sobre las ya muy maltrechas gónadas javerianas, le respondió con un:

-- Anda con cuidadito, gilipollas, a ver si el que te va a follar esta noche, soy yo.

25/8/16

Hermanos de leche...

(viene de aquí)

La fiesta estaba resultando muy divertida para todos los invitados y, especialmente, para Jacobo, el agasajado. Hacía tanto tiempo que no veía a alguno de sus amigos, y eran tantas las ganas de recordar los buenos momentos pasados, que le resultaba difícil contener la efusividad en los reencuentros. Entre abrazos, risas y sonrisas, todos los invitados pasaban por el photo-call para inmortalizar el momento, no sin antes ataviarse con coloridas pelucas, enormes gafas y brillantes sombreros...

Mientras, su hermana Anabel y su acompañante, Cosme, contemplaban la jubilosa escena desde la esquina del salón adyacente a la mesa en la que el bartender preparaba, con esmero y dedicación, múltiples y variados combinados. El calor de aquella noche de septiembre, unido a esos otros calores que una mujer madura siente ascender entre sus piernas al recordar algunas pasiones con alguno de los allí presentes, aceleraban el ritmo al que Anabel iba consumiendo sus Cosmopolitan con Grey Goose. Apuró el contenido de la copa martini y, no sin algo de desprecio, se dirigió a Cosme pidiéndole que se acercase a la muy congestionada zona del bartender para que le preparasen otro "Cosmo".

Anabel no sentía ninguna atracción física por Cosme. Su aspecto viejuno, su bigotillo sazatornilesco y su jersey sobrehombrero de otros tiempos le causaban repulsión, aunque su repleta cartera hacía que las penas, con pan y pene, fuesen menos dolorosas... Mientras Cosme avanzaba posiciones lentamente en la atestada cola del bartender, Anabel oteó el horizonte. Vio a su hermano Jacobo feliz y excitado, deambulando ataviado con un sombrero pirata de uno a otro confín del salón. También alcanzó a ver a su, para ella repelente y odiosa, cuñada Maca cotorreando animadamente con su insípida amiga Silvia. Pero, finalmente, por esos quiebros que a veces depara el destino, su mirada se cruzó con la viciosa, y a esas horas ya algo vidriosa, mirada de Javier.

Javier siempre fue un caso perdido. Su padre, un acaudalado industrial de Villaviciosa de Odón, luchó lo indecible por sacarlo adelante matriculándolo en los mejores colegios de Madrid, pero Javier, al igual que su hermano pequeño Juan, atesoraba en idéntica proporción indolencia, vagancia, y amor por la dolce vita y el dolce far niente. Harto de malgastar tiempo, esfuerzo y dinero, cuando Javier cumplió 22 y Juan 18, papá les cedió una finca en El Guijo, con su yeguada y salón para eventos, con la que pudieran sostener su elevado nivel de vida y de vicios, farloperos incluidos.

Pero Javier y el trabajo, como el agua y el aceite, se sabían incompatibles, y en lugar de atender a la hacienda, atendía a todo aquello que le proporcionase placer inmediato. Y aquel verano tórrido verano del olímpico 92, lo más excitante eran las fiestas que Jacobo organizaba en el chalet que sus, en aquellas fechas ausentes, padres tenían en El Escorial. Allí estaban todos: Javier, Jacobo, Jorge, Juan y Jero, las 5 jotas, todos ellos chavalotes de cuerpos atléticos y bien formados, tumbados al sol o zambulléndose en la piscina tras arriesgadas piruetas estimuladas por la ingesta de una notable cantidad de cervezas y quien sabe si de otras cosas.

Aquella tarde también estaba allí Anabel, con su recién estrenada treintena... tratando de broncearse rápidamente para tener un tono adecuado para las ya inminentes vacaciones ibicencas. Ante el jolgorio y algarabía de los chicos, y las constantes salpicaduras, se levantó de la tumbona y subió a su habitación, no sin antes ser impertinentemente piropeada y silbada por la hormonada muchachada.

Una vez allí, Anabel comenzó a observarles furtivamente tras las cortinas de su habitación, mientras acariciaba con precisión quirúrgica uno de sus enhiestos pezones y su, en aquel momento muy excitado, clítoris... Y entre caricia y jadeo imaginaba a alguno de aquellos jovencitos follándola, empotrándola violentamente contra la pared... Pensó en Jorge... y se excitó. Pensó en Jero... y se excitó aún más. Imaginó a los hermanos Javier y Juan penetrándola salvajemente por delante y por detrás... y su bikini se empapó. Mmm... y hablando de hermanos, aún le faltaba poner la guinda más prohibida y morbosa en su lujurioso pastel...

Pero cuando ya estaba a punto de correrse, notó que alguien subía por las escaleras. Intentó asomarse a la ventana para echar un vistazo rápido a la piscina y saber quién podía ser. Descartó a Jorge, a Juan y a Jero, pues estaban tumbados, junto a sus cervezas. Quien fuera que fuese se detuvo ante la puerta. Anabel contuvo la respiración, y se dejó caer lenta y silenciosamente en la butaca, mientras su corazón y su sexo palpitaban al unísono... Tras unos movimientos que no supo identificar, y el sonido de algo elástico y empapado cayendo al suelo, de pronto, la puerta de la habitación se abrió, y una hermosa, y quizás también algo familiar, polla apareció ante sus ojos... y sus labios...

13/4/16

Mando a distancia...

(viene de aquí)
Jacobo, acompañado por la Relaciones Públicas del hotel, abrió la puerta de lo que se suponía que iba a ser una sala de reuniones. Se sorprendió al ver que todo estaba a oscuras. Pero su sorpresa fue mayor cuando, de repente, se encendieron las luces y, una multitud le vitoreaba mientras sonaban los acordes de "Es un muchacho excelente"... A los pocos segundos, Maca se adelantó y, con cierto comedimiento, lo besó, tras lo cual, todos los asistentes prorrumpieron en "ohhhh"s y "qué bonito"s mientras regalaban a la pareja una estruendosa ovación.

Tras los besos, los saludos, los abrazos y las risas de rigor... las luces de la sala volvieron a apagarse. Esta vez era para proyectar un vídeo que recogía fotografías, vídeos y recuerdos de la pareja, de sus amigos, de sus viajes y de sus hijos... Las emotivas imágenes provocaron más de una lagrimilla en Jacobo... ante lo cual, Maca, extrañamente solícita, procedió a consolarlo con un abrazo, eso sí, con la mirada puesta en el expectante tendido, al que, con el arqueo de las cejas y ladeando levemente la cabeza, parecía pedir comprensión por la "debilidad" del homenajeado.

Finalizados el vídeo y las lágrimas, comenzó a sonar la música seleccionada por el DJ y los invitados, algunos con bastante ansia y ahínco, buscaron las cercanías del cortador de jamón.  Música, comida y bebida, pelucas y fotos en el photo call... Más bebida... Efusivos reencuentros con los viejos amigos... La fiesta estaba empezando a ponerse divertida...

Fernando, en un patético intento de parecer casualmente encontradizo, se dirigió hasta donde estaban charlando animadamente Laura y Silvia. Fernando era buen tío, a pesar de ser abogado, pero tanto su físico como su conversación carecían de encanto e interés para el sexo contrario. Así que en cuanto Silvia vio venir el percal, sin el más mínimo disimulo, se alejó para buscar a Maca...

Fernando trató de entablar algo de conversación con Laura, preguntándole por su trabajo, por sus hijos, por su ausente marido... Laura, educadamente, respondía al insulso interrogatorio, mientras buscaba desesperadamente con la mirada a sus huidas y esquivas amigas... En no hallándolas, y habiendo sido estimuladas sus ganas de fumar por la trivial cháchara fernandina, cogió el bolso y le indicó que saldría al jardín a fumar. Para su desesperación, Fernando se ofreció a acompañarla...

El amplio jardín del hotel tenía unas mesas y sofás, en plan chill-out. Se sentaron y Laura rebuscó en el bolso un paquete de tabaco y un mechero. Encendió un cigarrillo aspirando con cierta ansia mientras Fernando la miraba embobadamente embelesado... Laura era consciente de que el triste Fernando sentía por ella cierta veneración. Aspiró otra calada y miró al cielo anaranjado de Madrid... Miró a Fernando... y le pidió que fuese adentro a por gin-tonic. Este obedeció, complaciente y diligentemente. Laura, sorbió un trago... y otro, entre calada y calada. Volvió a mirar a Fernando, esta vez inquisitivamente... ante lo cual, éste, con cierta vergüenza, bajó la cabeza. La última calada... el último trago. Se levantó, metió la cajetilla en el bolso y cuando parecía que iba a hacer lo mismo con el mechero, lo dejó caer, intencionadamente, al suelo. Fernando se arrodilló para recogerlo, momento en el que Laura, con voz pausada pero enérgica, le ordenó:

 - Lámeme el pie...

15/2/16

Tres eran tres...

Macarena era hija única. Su padre, un muy conocido abogado de Madrid que amasó una pequeña fortuna en las postrimerías del franquismo y que se hizo célebre defendiendo a uno de los máximos implicados en el 23F, había fallecido hace poco más de un año. Su madre padecía Alzheimer y estaba recluida en la finca que la familia tenía en Caravaca. A pesar de tener 8 tíos, todos de edad muy avanzada, sólo uno de ellos había tenido descendencia. Así que salvo su primo Fernando, abogado como ella, apenas tuvo familiares jóvenes con los que relacionarse. Quizás por ello, consideraba como auténticas hermanas a Silvia y a Laura, dos compañeras de la promoción 1989-1994 de la licenciatura de Derecho y Relaciones Internacionales de ICADE.

Aquellos fueron años intensos, divertidos y algo locos. Durante su época universitaria, Macarena conoció a Jacobo, alumno también de ICADE. Por conveniencia y sin mucha fe en el futuro de la relación, Silvia decidió dar una oportunidad a Juan Manuel, un muchacho que vivía en su urbanización, que atesoraba dos cualidades para ella imprescindibles: cuerpo escultural con personalidad manipulable. Laura, mucho más introvertida y tímida pero también serena y cabal, nunca tuvo especial interés por nadie, así que prefirió concentrarse en sus estudios y servir de compañera, acompañante, confesora y pañuelo de lágrimas a sus "hermanas". 

Como muchas parejas jóvenes, Macarena y Jacobo tuvieron sus altibajos, sus idas y venidas... Apenas apagado el eco del Gaudeamus Igitur de la graduación, Macarena decidió abrir un paréntesis para vivir la vida. Cortó con Jacobo y, con muy poco esfuerzo, convenció a Silvia para pasar juntas las vacaciones en Ibiza. Fueron dos meses locos de playa, fiesta y sexo compulsivo e inconexo, cuya crónica decidieron mantener en secreto... incluso para Laura. 

Pasados los excesos veraniegos, las aguas retornaron a su cauce. Maca decidió retomar la relación con Jacobo, que acaba de ser contratado como broker por una por aquellos tiempos desconocida compañía norteamericana de servicios financieros. Silvia convenció a Maca para crear un pequeño bufete que, al abrigo del de su padre, les permitiese ganar experiencia en el ejercicio de la abogacía. Finalmente, Laura consiguió un puesto en una madrileña Caja de Ahorros y Monte de Piedad, ahora muy célebre por sus tarjetas black. 

Y poco a poco, se fueron haciendo mayores...

Macarena se casó con Jacobo, y fruto del matrimonio nacieron tres niños. Silvia intentó mantener la relación con Juan Manuel, pero sus inseguridades y sus peligrosos flirteos con las drogas terminaron por dar al traste sus intentos; pasado un tiempo, y tras algunos tumbos sentimentales de poca entidad, conoció a Víctor, directivo de una empresa farmacéutica israelí, que le proporcionó una acomodada, aunque quizás también monótona existencia y, sobre todo, la maternidad que tanto deseaba. Y para no ser menos, Laura también encontró en Julián, que tenía una empresa de software de gestión de eventos deportivos, su media naranja, y ahora es una feliz madre de dos naranjitos.

Y llegaron los 40...

Macarena se sentía en deuda con Jacobo desde que él le preparó una fiesta sorpresa para celebrar su cuarentena. Así que coincidiendo con su 45 cumpleaños, organizó una fiesta sorpresa en el Hotel Monte Real, muy cerca de su casa. La idea era hacer creer a Jacobo que esa noche, a las 22:00, se celebraba una reunión de los socios del Real Club Puerta de Hierro en la que era indispensable su presencia. 

Silvia dejó a las mellizas en casa de su madre. Era la primera vez, tras su maternidad, que salía sola por la noche, ya que Víctor, como cada quincena, había viajado a Santander para pasar el fin de semana con su hijo mayor, fruto de una relación anterior. Laura, que también se encontraba sola, pues Julián estaba en México dando soporte a unos campeonatos panamericanos de atletismo, quedó con ella para recogerla a las 21:00. No sin alguna dificultad en el aparcamiento, llegaron al Hotel en hora.

Una empleada del hotel las condujo a un salón privado, en donde se encontraba Maca y algunos de los invitados. Maca estaba muy nerviosa y excitada, por lo que Laura, siempre tan pendiente de todo, la abrazó tratando de tranquilizarla. Maca tenía la lágrima fácil, y con tantas e inminentes emociones no logró contenerla. Silvia, con ambas manos acarició sus mejillas y, haciendo gala de sus dotes de persuasión, la convenció de que todo saldría estupendamente y, cambiando de tercio, le pidió que les enseñase lo que había preparado. Maca, mucho más animada, cogiéndolas de la mano, las llevó a un rinconcito donde había un photo-call con un montón de coloridas pelucas, sombreros y gafas y en cuyo fondo había un collage de fotografías con todos los momentos especiales que había vivido con Jacobo. En otra esquina, había una mesa con una tarta conmemorativa. En el lado opuesto, estaban preparados un cortador de jamón y un gin bartender para el cocktail. Al fondo, un DJ estaba poniendo a punto sus equipos. Finalmente, y muy cerca de la puerta de entrada, había una pantalla de proyección. En el exterior del salón había una terraza con un chill-out para conversaciones sosegadas, o bien, para los que los fumadores aliviasen su adicción. 

Poco a poco fueron llegando los invitados, y Maca, solícita, procedió a saludarlos y a instruirlos para que todo saliese perfecto. Entre ellos estaba la hermana de Jacobo, Anabel, a la que odiaba, la cual venía acompañada de un tipo bastante maduro, con cierto parecido a José Sazatornil, que calzaba unos rancios naúticos Pielsa. Tras ellos, llegó Fernando, el único pariente vivo de Maca de menos de 75 años de edad, que, después de saludar a la anfitriona, en cuanto vio que Laura no estaba acompañada de varón, se acercó a ella tratando de entablar una conversación, o quizás algo más. Más tarde, y en grupo, llegaron los amigos de Jacobo de El Escorial. Todos venían acompañados de sus parejas, salvo Javier, que venía solo...  

Tras unos minutos de tensa espera, desde la recepción advirtieron a Maca de la llegada de Jacobo. Ésta, nerviosa, pidió silencio con el dedo índice sobre sus labios... y las luces del salón se apagaron...   

4/10/15

Un momento de debilidad...


Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción. 
Joaquín Sabina 

En cierta forma, me había olvidado de ella... Y es que había pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos, que ya se habían evaporado tanto mis ganas de recuperar el contacto, como la sensación de vacío que provocaba su ausencia. Quizás porque es un mecanismo de protección, o de supervivencia, el olvido libera espacios que, a poco que uno quiera y le dejen, pueden ser llenados con sensaciones y emociones nuevas; y a este respecto, el que ella había dejado estaba ahora bien repleto.

Pero sorpresas te da la vida, y la vida te da sorpresas...

Aquella mañana de viernes, como tantas otras a esa hora, avanzaba distraído por el finger para acceder al interior del avión. Franqueé la puerta de acceso, esperando recibir el cortés y habitual saludo de bienvenida del sobrecargo del vuelo... pero lo que hallé no fue un "buenos días", sino la inquisitiva mirada silenciosa de sus ojos de miel y su pelirroja y desordenada melena.

Joder... el mundo es un pañuelo... y tú y yo somos los mocos.

Sólo fui capaz de decir un previsible "cuánto tiempo...", al que ella correspondió con otro no menos predecible "sí, mucho..." al que añadí un "demasiado..." pero de pensamiento. Como quiera que el resto del pasaje estaba impaciente por ocupar sus asientos, puse fin al primer acto de nuestro reencuentro y me dirigí rápidamente al mío: 6C, pasillo.

Poco después, cuando nos dirigíamos a la pista de despegue, comenzó la habitual demostración de las medidas de seguridad del vuelo.

- Si esto ocurriera, tiren fuertemente de la máscara, colóquensela sobre la nariz y la boca, y respiren normalmente.

Ese día, más que nunca, presté toda mi atención a cada una de sus instrucciones y coreografía asociada. Me encantaba la seguridad que demostraba cuando cerraba la hebilla del cinturón... y el acento posh de su cuidadísimo inglés british. Pero cuando mi imaginación se desbordó, fue en el momento de enfundarse el chaleco salvavidas sobre su ceñida blusa: tomó entre sus dedos las dos boquillas rojas, que al estar situadas justo encima de sus pechos semejaban dos erizadísimos pezones, y las metió secuencialmente en su boca... haciendo el ademán de insuflar aire por su interior. No es de extrañar que con mi calenturienta imaginación, mi cada vez más inflamada polla pudiese salvar, caso de amerizaje, a toda la tripulación...

Una vez alcanzamos la altitud de crucero, 28.000 pies, cerró la cortinilla que nos separaba de primera clase... Mierda... ya no la podía ver. Por suerte, poco después, y aprovechando que las otras azafatas estaban bloqueando el pasillo con el servicio de catering, se acercó hasta mi asiento, quedándose agachada en cuclillas a mi lado.

No era hora de reproches, pero no pude evitar reprenderla por haberse marchado sin dejar rastro. No era justo haberme cerrado la única vía de acceso y contacto que teníamos para programar nuestros furtivos y prohibidos encuentros. Puedo comprender que las circunstancias pueden obligarnos a desaparecer, a cortar ciertos caminos, a evitar el peligro de las tentaciones... Es normal... Pero también hay que darse cuenta de que tratamos con personas... con personas que tienen, entienden y comparten emociones, sentimientos... aunque a veces queden ocultas enmascaradas entre los diversos ropajes que envuelven a la pasión y el deseo más animales.

Arqueó las cejas... y suspiró... mientras asentía balanceando la cabeza, y, aunque no era lo que pretendía, aceptó mis razones... Nos miramos en silencio... pero el trajín de un vuelo tan corto no permitía muchas florituras comunicativas. Tomó la revista Ronda Iberia y apuntó en una de sus hojas un teléfono.

- Llámame... estaré hasta el sábado al mediodía... 

El resto, se puede imaginar...

15/9/15

Centro de atención...

Lo que necesito es ser indispensable para alguien. 
 Necesito a alguien que ocupe todo mi tiempo libre, mi ego y mi atención. 
 Alguien adicto a mí. 
 Una adicción mutua. 
Chuck Palahniuk

Llegó a la segunda mitad de la treintena con todos los deberes hechos: un matrimonio con un valor en alza, una parejita de vástagos adolescentes, un envidiable status profesional y social y un círculo de amistades al que exhibir sus logros y éxitos... 

Su vida era absolutamente perfecta... y aburrida.

Si bien todo eran sonrisas, arrumacos y carantoñas en el exterior, en la intimidad de su alcoba todo era desinterés y quizás también algo de desdén. Las carreras en alza requieren dedicación plena, y tras una dura jornada, los cuerpos piden descanso... y no demasiada excitación. En más de una ocasión llegó a pensar si era transparente... si él la veía; y si al verla sentía algo; y si de sentir algo, eso podría llamarse deseo... Pero a la luz de las evidencias, en su perfecta y aburrida vida el deseo brillaba por su ausencia.

Así que decidió pasar a la acción... 

Aunque al principio declinaba las invitaciones, pues le parecía que aquello era más propio de impúdicas cuarentonas insatisfechas, un día aceptó participar en una reunión de tuppersex. Entre risitas cómplices y fingidas expresiones de sorpresa y admiración, pensó que un conjunto de lencería provocativa junto a un par de trémulos juguetitos podrían poner un poco de picante y fuego en su mustia vida marital. Pero su intento resultó baldío... porque los valores en alza no siempre tienen sus miembros al alza... al menos en casa.

Ella sospechaba la infidelidad... pero prefería no indagar. A fin de cuentas, pasado el furor del flechazo de juventud, lo que ahora más le gustaba de él es que le proporcionaba el adecuado modus vivendi para sacar adelante a la prole y a su carrera profesional. Y así, mientras se contemplaba en el espejo de su baño,  pensó que lo mejor era no hurgar en tan complejo asunto; aunque, bueno, puestos a hurgar, pensó que era una ocasión perfecta para que uno de sus nerviosos y alargados juguetitos hurgase en el interior de su sexo. 

Pero aunque las pajas tienen muchas ventajas, como la inmediatez y la precisión, su exceso puede llegar a ser frustrante... Así que cambió el objetivo. Lo que quería era sexo... sexo con un hombre que la desease... que la comiese con la mirada... que la levantase en el aire sujetándola por las nalgas y que la follase violentamente empotrándola contra la pared...  

Pensó que no le resultaría nada difícil encontrar hombres que la codiciasen. Es más, podía elegir al azar; a uno cualquiera... A fin de cuentas, la flamígera combinación de su mirada azul y su sonrisa de fresa era capaz de incendiar el deseo masculino... por no mencionar que los demoledores argumentos de su atractiva y curvilínea silueta, sobre la que apenas había hecho mella su doble maternidad, serían capaces de doblegar cualquier reticencia.

Empezó a buscar...

Al principio no sabía qué... Probó con sexo explícito... Tras unos días de espera, la búsqueda dio resultados. Fue un escueto y misterioso "hola", que despertó su curiosidad felina. Y tiró del hilo... como Ariadna. Con las precauciones debidas, concretó una cita con la que examinar la calidad del género del minotauro. Aun sabiendo que ambos se escondían bajo máscara y disfraz, todo resultó mejor, y más fácil, de lo esperado: aquella mirada viril le transmitía el deseo que le había sido negado, deseo que estaba a punto de derretirla cuando esa mirada se deslizó, indiscreta, en el interior de su pronunciado escote... Además, ella no podía ocultar, también, que aquel tipo sonriente le gustaba... y la excitaba. Miel sobre hojuelas...

Pactaron disfrutar del sexo y deseo sin contemplaciones y sin límites, salvo el de mantener la privacidad e intimidad de sus respectivas y reales vidas. E inicialmente lo consiguieron... y lo disfrutaron... Probaron todas las opciones, posturas, posiciones, vías, juegos y retos... Cada sesión de ultrasexo provocaba que un torrente de deseo fluyese desbocado y a raudales entre sus piernas. Tanto era el placer, que su coño se convertía en gelatina durante los días previos a uno de sus fogosos encuentros sexuales tan sólo imaginando las perversiones, vicios y disciplinas que pondrían en práctica. También es cierto que después de los excesos se sentía un poco culpable. Con todo, cualquier atisbo de culpabilidad se desvanecía en cuanto el valor en alza se giraba hacia el otro lado, con cierta indiferencia, en la cama... para dormir.

Estaba enganchada... Demasiado, quizás. Y eso le preocupó... ¿Qué viabilidad tendrían aquellos polvos clandestinos? ¿Cuántos problemas podrían acarrearle? ¿Su amante bandido era de fiar? ¿Serían ciertas sus lujuriosas palabras de deseo lascivo? ¿Y si esas mismas palabras fuesen regaladas a otros oídos? ¿Y si también se estaba follando a otras? Y ya puestos, ¿por qué ella no probaba a follar con otro? 

Todas esas preguntas, y especialmente las respuestas que encontraba, la ponían cachonda... Se ponía cachonda pensando en sexo... En sexo no ya con otro hombre, pues de eso ya estaba suficientemente abastecida y complacida, sino en sexo múltiple... En sexo con varios hombres... con desconocidos... Le excitaba mostrarse y exhibirse enfundada en lencería sugerente, pompones en sus pezones, ligueros, medias de rejilla y tacones de aguja... Se humedecía imaginando que era capaz de desatar la pasión allí donde se encontrase.

Una de sus fantasías favoritas era sentirse observada por su marido mientras lamía la polla a un desconocido en un lugar público. Sus braguitas se humedecían aún más cuando imaginaba que, mientras sus labios y lengua se lucían en una felación sin tregua, otro desconocido podría acercarse a ella por detrás para, levantando su mínima faldita, meter su desconocida polla entre sus muslos... para follarla, naturalmente.

Y ya puestos, por qué no encaramarse sobre uno de ellos y tumbarse hacia adelante con la doble y perversa intención de ofrecer sus pezones para ser mordisqueados y, a la vez, provocar con alevosa intención a la verga del otro para que ésta se abriese camino violentamente entre sus nalgas. Mmm... estaba supercachonda imaginando el doble placer que sentiría con dos pollas palpitantes horadando su interior; dos pollas salvajes luchando entre ellas por ver cuál era la que más profundamente la penetraba; dos pollas a las que domesticar, aun por la fuerza, hasta conseguir que, exhaustas y vacías, descansen, inofensivas, entre sus labios...

El placer sería triple si un tercero, también desconocido, se pajease en su boca, empujando rudamente su cabeza, ahogándola hasta conseguir llenarla de caliente orgullo y satisfacción... Y qué decir si un cuarto y un quinto acertasen a dejar al alcance de sus manos sus respectivas vergas de forma que pudiese pajearlas rabiosamente hasta conseguir que ambas dibujasen, con trazos de espesa y blanquecina esencia masculina, una expresión de lúbrica felicidad sobre su cara.

No... no quería contentarse con una sola polla.

Quería ser una niña mala para tenerlas todas...

Aunque también es verdad, pensó mientras recuperaba la respiración y retiraba poco a poco de su sexo, húmedo, dilatado y muy convulsionado, su palpitante juguete favorito, que no era tan mala idea eso de contentarse con un tembloroso y vibrante pájaro en mano, más que con ciento volando...

17/4/15

Aprendiendo... enseñando...



Todo el mundo tiene boca, labios y lengua...
Todo el mundo tiene manos y dedos...
Todo el mundo tiene sexo... 
a veces dormido...
otras despierto.

Pero créeme cuando te digo
que nadie en su uso y disfrute te supera en destreza.

Y ahora quiero que demuestres tus progresos...
y espero que me sorprendas...
porque de lo contrario...
no pararé....
... hasta que aprendas.

5/1/15

Lo que te deseo...

En tus pensamientos, armonía...

de recuerdos y de ilusión en los nuevos proyectos.

En tu corazón, emociones y sentimientos.

En tu piel, que el cariño dibuje un millón de caricias,

y en tus labios, mil besos.

En tus ojos, esa mirada dulce que anticipa sonrisas.

Y en tu sexo... Mmmm...

En tu sexo, el deseo ardiente y húmedo que todo lo quiere

y que ante nada ni nadie se detiene.

Sí...

Esto es lo que te deseo.

 

9/12/14

Perro apaleao...

Del odio al amor no hay más que un mordisco
El libro de Jade, Lena Valenti
(viene de aquí... de aquí... y de aquí)

Como si de un acto reflejo se tratase, le propiné un manotazo con la intención de alejarlo de mis partes nobles. Aulló lastimeramente... como si llorase.

Ella me gritó enojadísima:

- Pero ¿qué coño haces, animal?

- Joder, no sé... uf... fue una reacción instintiva... un acto de defensa propia - traté de justificarme

- Eres un animal... un animal...

¿Un animal? ¿yo? Vamos... no me jodas. ¿Qué cojones esperaba que hiciese si en medio de la faena de mi vida, de pronto aparece un perraco y este se pone a husmear en mis cataplines?

- Ven aquí, Excalibur, ven con mami...

Joder, joder... y encima se llama Excalibur. Como algún ecologista exaltado se entere, van a lincharme ahí fuera...

Me alejé un poco, mientras ella acariciaba efusivamente a su desconsolado Excalibur. Parecía quererlo mucho...

Respiré lentamente... y mientras el aire salía de mis pulmones, eché un vistazo hacia abajo. Lo que hacía unos minutos era una enhiesta y hermosa polla plastificada, ahora era un grotesco e inánime colgajo envuelto en un condón arrugado.

Mierda... el último condón del planeta Tierra, al garete; y todo por el perro, nunca mejor dicho, de los cojones.

Retrocedí un par de pasos, tratando de desaparecer... de huir de allí... de alejarme de esa habitación en la que mi oscuro objeto de deseo se deshacía regalando carantoñas y arrumacos a un jodido Golden Retriever... o quizás un Labrador... no sé, nunca he sido capaz de distinguirlos... a fin de cuentas, para mi todos son el perro de Scottex.

Y mientras el chucho de sus amores recibía su cariño con las orejas gachas, lengua fuera y meneando dócilmente su rabito peludo, yo tenía el mío entre las piernas, aunque flácido y exangüe... triste... y sin vida...

Ahora, el perro apaleao era yo...

Fuera del radio de acción de sus mimos y afectos, empecé a darme cuenta de que, para mi pesar, los papeles estaban cambiando. Por un momento, comencé a sentir envidia del afortunado can receptor de sus caricias. En cierta forma, me habría cambiado por él, con tal de sentir la suave piel de su mano deslizándose por mi espalda... Y es que, realmente, no quería poseerla en una aislada noche loca, por mucho que hubiera gozado con cada curvilíneo milímetro de su cuerpo... No... en el fondo lo que deseaba era encontrar un simple resquicio por el que poder alcanzar los ocultos rincones de su corazón... En el fondo lo que quería era... era...

Mierda, mierda, mierda... me temo que he sufrido el mordisco del innombrable...

13/10/14

Córrete... por Dios.

¿Dónde estábamos?

Ah, sí... en el condón caducado.

Rasgué con los dientes el envoltorio y extraje, con suma delicadeza, el preservativo. Parecía algo seco. Lo desenrollé un poco... para asegurarme que no estaba del revés. Lo situé sobre el glande y poco a poco fui desplegándolo hacia atrás, hasta que cubrió, en toda su longitud, mi sexo desbocado. Como medida de precaución, y dada la escasez del recurso, lo desenrollé una vuelta más.

Perfecto... por fin tenía los medios adecuados para adentrarme en ella sin riesgos de que un error me acabase llamando papá.

La manipulación y desenrollado del condón agotó mi delicadeza, así que opté por penetrarla sin ambages y con la mayor profundidad posible. Hice un gesto circular con el dedo índice de mi mano derecha ordenándole que se tumbase sobre la cama boca abajo. Frunció un poco el ceño... y obedeció.

Me acerqué al cabecero de la cama y cogí dos almohadones. Ella me miraba algo sorprendida con la cara apoyada en el colchón...

Regresé a los pies de su cama. Me incliné hacia adelante un poco y sujetándola por la cintura levanté sus caderas, dejando su redondo culito en pompa. Coloqué los almohadones bajo su vientre y la empujé, no con muchos miramientos, hacia adelante. Separé un poco sus muslos y, arrodillándome en el suelo, extendí mi cabeza hacia adelante. Abrí la boca y alargué mi lengua, como si estuviese comulgando, hasta que conseguí alcanzar su sexo.

Mmm... Dios... qué rico estaba... tan húmedo... tan dulce... y tan salado.

Mi lengua llegaba cada vez más lejos... más adentro. Cada vez que rozaba su clítoris, ella se estremecía, emitíendo un gemido gutural, ronco... que al oirlo me producía un cosquilleo electrizante...

Una vez preparado el camino, me incorporé y, volviendo a sujetarla por las caderas, tiré de ella hacia atrás acercando sus nalgas a las inmediaciones de mi endurecida polla. Con mis pies bien apoyados en el suelo, empujé mis caderas hacia adelante con la intención de penetrarla.

- Despacio... -me dijo entre temerosa y excitada.

- Tranquila... sólo será la puntita...

Pero el espíritu de Don Juan Viruta me traicionó, y en realidad fue, de golpe y pollazo, "toda ella".

Emitió un alarido que mezclaba placer (ohhh) y dolor (iiii). Y cada vez que percutía en ella, gritaba con más fuerza... Su sexo estaba empapado... El húmedo y rítmico golpeteo de nuestras pieles sudorosas llenaba la estancia con ecos de lujuria y deseo...

Continué penetrándola... Como buen pagafantas quería complacerla, así que me propuse no cejar en mi empeño penetrador hasta averiguar si era, o no, multiorgásmica.

Poco a poco fui aumentando la cadencia de mis embestidas. De repente, de su boca empezaron a brotar gruñidos aderezados con soeces imprecaciones contra su supuesta virtud.

Joder... me estaba poniendo... muy verraco.

De pronto sentí un extraño exceso de humedad en mi entrepierna. Qué raro... Por mucho que estuviese chorreando, era difícil que su excitación humedeciese mis testículos... por detrás...

No le di mucha importancia al asunto... así que proseguí con mis lascivos menesteres.

Incliné mi cuerpo sobre su espalda y pellizqué sus pezones. Gimió ostensiblemente, lo cual me complació sobremanera... Así que, sin más demora, introduje otra vez mi polla en su coño, abierto como una flor, y volví a follarla. Me estaba resultando especialmente excitante penetrarla por detrás: ella a cuatro patas, apoyando el vientre sobre los almohadones, y yo de pie, a los pies de la cama. En cada golpe, en cada embestida, mis manos acariciaban sus nalgas separándolas... y mis dedos jugueteaban traviesos sobre el contorno fruncido de su placer anal.

Poco a poco empecé a sentir una corriente eléctrica recorriendo mi cuerpo... por la espalda, por las manos, por las piernas... para acabar concentrándose en el extremo de mi sexo. Llegaba el momento... mi momento... y sólo tendría una oportunidad para disfrutarlo, dada la escasez de los recursos profilácticos.

De repente, volví a sentir entre las piernas una sensación extraña. Esta vez semejaba la caricia de una brisa cálida y húmeda... o el aliento de un amante exhausto y jadeante tras consumar el placer.

Como era de esperar, la distracción me hico perder el ritmo y la concentración. Así que, un poco contrariado, decidí volver con presteza a mi faena... a mi corrida.

Para ponerme a tono, azoté sus blancas nalgas, lo cual le provocó un chillido de dolor empapado de placer, y volví a follarla. Con cada embestida, mi sexo plastificado se introducía en el de ella... y mis huevos oscilaban de atrás hacia adelante, hasta rozar su clítoris. Entre las acometidas, los azotes, las caricias anales y los pellizcos en los pezones, el placer fue adueñándose de ella hasta conseguir desvelar el secreto de la multiplicidad de sus orgasmos.

Así... entre orgasmo y orgasmo, llegué a la conclusión de que esa noche ya había visto y sentido todo lo que tenía que ver y sentir. Por ello, decidí centrar todos mis esfuerzos en mi placer. Comencé a incrementar el ritmo de mis embestidas. La estaba follando poniendo toda mi carne en su asador... sin contemplaciones.

Sus nalgas enrojecidas, mi cuerpo sudoroso, sus gemidos, la dureza de mi sexo, sus obscenas palabras tildándose de puta... de mi puta, mis embestidas... todo... todo estaba contribuyendo a nublar mis sentidos y mi razón. Ya estaba a punto de caramelo... a punto de correrme... a punto de derramarme en su interior... bueno... en el interior del condón.

Y cuando toda la energía del universo parecía concentrarse en la punta de mi sexo, otra vez apareció la extraña sensación, esta vez convertida en una lúbrica caricia de una piel húmeda, caliente.... y algo áspera.

Sin perder un segundo, giré la cabeza hacia atrás. Y, probablemente con una expresión ojiplática, sólo acerté a decir:

- ¡Hostia puta!

25/8/14

Olvido imperdonable...


(viene de aquí

Bajé del coche para acompañarla. Rebuscó las llaves en el bolso y, no sin alguna dificultad, abrió el portal. En cuanto lo traspasamos, la empujé con mi cuerpo hacia la pared y, mientras con una mano acariciaba su mejilla, comencé a besarla. Sabía a tabaco y alcohol…

Ascensor. Cuarto piso.

En el rellano, y antes de entrar, volví a besarla. Esta vez, y sin ningún disimulo, mi mano prefirió colarse bajo su blusa para comprobar la dureza de sus tetas.

Entramos.

Todo estaba a oscuras. Cogió mi mano y me llevó de la mano hasta lo que parecía ser el dormitorio. La luz anaranjada del alumbrado de la calle envolvía su alcoba en un halo de misterio. Se detuvo a los pies de la cama y se giró hacia mi. Estábamos cara a cara, mirándonos en silencio. Sus ojos brillaban. Quizás también los míos…

Incliné mi cuerpo hacia delante y cayó sentada en la cama. Reclinó un poco la espalda hacia atrás, y apoyó las manos para equilibrarse. La cercanía de su boca a las inmediaciones de mi sexo provocó que un torrente de excitación inflamase notoriamente mi deseo… Separó sus rodillas… Por un momento temí que estuviésemos yendo demasiado rápido.

-  Túmbate, le ordené

Dados los antecedentes, no estaba seguro de que me obedeciese… pero lo hizo.

Dejó caer la espalda sobre la cama. Con la ayuda de los codos y el balanceo de su hombros fue reptando hacia atrás hasta alcanzar el cabecero. Levantó una de las rodillas… y la dejó caer hacia un lado. Quizás estaba sugiriéndome algo.

- Boca abajo… (mi dedo índice intercaló un gesto circular en la pausa entre palabras)

Percibí un poco de incomodidad por mis órdenes, explicable, por otro lado, en alguien acostumbrada a mi complacencia.

Desabroché la cremallera de su vestido estampado. Acerqué los tirantes a sus hombros y ella, incorporándose a un lado y a otro, deslizó sus brazos por las aberturas de las mangas sisas. Sin perder tiempo, fui deslizando la parte de abajo del vestido aguas arriba, con extremo cuidado, pues el vestido era demasiado ceñido y no quería descoser el dobladillo. Finalmente, lo desenfundó y, arrugado, lo dejó caer por un lado de la cama.

Su torso quedó únicamente cubierto por el sujetador. Pellizqué el cierre para desabrochar los corchetes y los extremos se separaron. Tomé uno de ellos con una mano y, mientras, con la otra, traté de incorporarla con la intención de dejar un espacio por el que retirar la prenda y así, liberar sus pechos de las estrecheces del sostén (que, por cierto, era negro con un bordado dorado).

Ya quedaba poco…

Llevé mis manos hacia su cintura e hice el ademán de tirar hacia arriba. Ella se dio por aludida y arqueó la espalda para levantar las caderas, momento que aproveché para quitarle sus braguitas (obviamente a juego con el sujetador).

Joder… la de cafés, cenas y copas que tuve que financiar para, por fin, llegar hasta ese momento. Jodidamente, las de esa noche provocaron que mi vejiga activase la alarma… por lo que, previendo que esa noche hubiese más que palabras, me vi abocado a hacer una breve visita al cuarto de baño.

- Un momento… , le dije mientras hacía una pinza no consumada con el índice y el pulgar

Entré en el baño y cerré la puerta (para esas cosas prefiero estar a solas). Y como dice la canción… me puse a mear. Mientras lo hacía, busqué con la mirada alguna loción, crema o aceite con la que pudiese embadurnarla.

A primera vista no había nada.

Terminé; agité a Decker; cayeron dos gotillas (plic, plic). Aproveché la coyuntura para desnudarme… y, para evitar sinsabores, limpié mis partes nobles con agua y jabón.

Cotilleé en uno de los muebles del baño… Perfecto: había un bote de aceite hidratante casi enterito.

De pronto, me asaltó un escalofrío al percatarme de la ausencia de un elemento esencial.

- Mecagüentóloquesemenea, dije para mis adentros.

Joder… qué puto fallo. Bueno… por otro lado era comprensible. Nunca había llegado tan lejos, con lo cual jamás había pasado por mi cabeza la idea de llevarlos encima.

Como si de un drogadicto con mono se tratase, empecé a registrar todo el cuarto de baño. Y es que, ¿dónde, si no, uno (o una en este caso) suele guardarlos?

Mierda… allí no había nada. Y es que, ¿cómo lo iba a haber?, si donde uno suele guardarlos es… en la jodida mesilla de noche.

Así que con el único botín del aceite hidratante, abandoné el cuarto de baño y, desnudo y con una erección equina, me acerqué a la cama.

Por suerte, no se había dormido

Derramé un poco de aceite por su espalda, por sus nalgas... y por mis manos. Las dejé resbalar por el contorno de su silueta, hasta llegar a la cintura. Una vez allí, convergían en la zona lumbar... y ascendían a lo largo de la columna hasta llegar a los hombros. 

En cada repetición de ese círculo virtuoso, mis manos descendían, poco a poco, más allá de la cintura, para recorrer el curvilíneo borde de sus nalgas... las cuales separaba, cada vez con mayor lascivia, para acomodar entre ellas mi erecta polla.... la cuál, al sentir la presión de la comisura de ambas cachas, empezaba a buscar un camino hacia su interior. 

La cosa pintaba bien...

Con cada caricia, ella gemía un poco... de forma contenida, apenas ostensible. Y con cada roce, sentía mayor humedad en su sexo...  lo cual empezaba a hacerme perder el control.

Y como mis pérdidas de control están muy ligadas a incrementos de la natalidad, pensé que lo mejor era preguntarle si tomaba, o tenía, los medios oportunos, físicos o químicos, para evitarlos.

Me miró sorprendida...

- ¿Cómo? ¿No llevas nada encima?   me preguntó entre curiosidad y enfado.
- ¿qué pasa? ¿es que no querías follarme? , prosiguió abroncándome.

Joder con la niña... dándome calabazas durante años... y ahora no sólo exigiendo que vaya armado, sino que además, afeándome que no hubiera tenido la tentación de follarla. Ay, Carmela...

El caso es que ella no tomaba ni usaba, y yo no llevaba nada encima... Así que, arqueando las cejas y ladeando la cabeza, le pregunté si tenía alguno. Me miró... y, con cierto aire de reprimenda, dijo que creía tener algo.

Abrió un cajón de una de las mesillas y empezó a buscar. Tras unos segundos de angustiosa espera, por fin halló lo que buscaba. Milagro... tenía uno. Sí... uno solo. No dos. Uno... así que había que emplearlo bien... 

Me lo entregó... y con las manos untadas de aceite intenté rasgar el envoltorio lo cuál, como ya sabéis, es misión imposible. Así que tuve que emplear los dientes...

Al acercar el envoltorio a la boca, pude ver la fecha de caducidad: mar-2013. Mierda... estaba caducado. 
(continuará)

20/7/14

La venganza del pagafantas...

- ¿Película y follamos?
- Película, peliculae; folla, follae
- ¿Qué?
- Simplemente, declino tu invitación
Así fue muchas veces… tentar, sugerir, provocar… y ante el fracaso, replegar velas… con el rabo entre las piernas… 

Lo poco que la vida me enseñó -y lo menos aún que de ella aprendí- sobre las artes de la seducción resultaba, una vez más, insuficiente para obtener el permiso para encaramarme al balcón de su escote y mordisquear golosamente sus jugosos (al menos así era como me los imaginaba) pezones.

Mmm… lo que habría dado por encontrar la combinación secreta que abriese la cerradura del cinturón de castidad con el que castigaba todos y cada uno de mis intentos de llevarla al huerto… A ese huerto en el que un servidor deseaba, con la más sana de las intenciones, comerle su dulce, o salado, que tanto me da, fruto de la higuera, también llamado higo.

Pero no… ella no mostraba el más mínimo interés por el higo… ni por el nabo… ni tan siquiera por saber por qué lugar amargan los pepinos. Es más, cuando con toda mi premeditación y alevosía de Juliette le tendía una celada con una conversación en apariencia inocua, pero que lentamente iba derivando hacia los sinuosos vericuetos del deseo y el placer… ella empezaba a balancear de un lado al otro su cabeza, agitando graciosamente su melena, para ajusticiarme con un cruel “Manolo… es que no lo veo”.

¿Cómo que no lo ves? Joder… pues está muy claro. Aquí lo tienes… tócalo… pálpalo… cógelo… agítalo... menéalo... ponlo donde quieras… abre tus piernas... o date la vuelta... que él ya sabrá cómo encontrar el rumbo adecuado.

En fin… que la muchacha, por cierto, guapa a más no poder y lista como la misma madre que la parió,  sólo me permitía ejercer de amistad acompañante, o lo que vulgarmente se viene en denominar pagafantas; sí... un patético pagafantas… aunque, bueno… al menos era su pagafantas. 

Oye... que tampoco está tan mal cenar acompañado de un bellezón español, con cierto aire a esa mujer morena pintada por Julio Romero de Torres. Y tampoco amarga, a pesar de que lo que pudiera deducirse de mi diploma "pagafantero", invitarla a una copa de G'Vine con Fentimans y frutos rojos en algún garito fashion nacido al abrigo de la burbuja, casi inmobiliaria, que hay en torno al gin-tonic.  Bueno, quién dice una… dice dos... Y tampoco resulta desagradable dejarse caer por algún local con buen gusto musical… para buscar algún roce clandestino mientras los cuerpos se agitan al ritmo hipnótico de ciertos loops deep house. Y una vez llegada la hora en la que ordenanza municipal obliga a la despedida y cierre del local, no desmerece lo anterior acompañarla hasta dejarla sana y salva en el portal de su casa.  

Claro que esa noche, por cierto, de Luna Llena, ella había bebido en exceso…
… y yo tenía el rabo entre las piernas… muy tenso.

(Continuará...)
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...